Un día de cardio cualquiera

Mi jornada de trabajo matinal está apunto de acabar.

Suerte que decidí unos meses atrás ampliar el tiempo dedicado a la comida para tener una hora extra con el fin de compensar la poca movilidad que tengo mientras trabajo.

Escucho mi cuerpo,  hoy me pide un poco más de movimiento.

Inmediatamente mi mente intenta acceder a los registros de la memoria para comprobar si ayer hice algo de ejercicio aeróbico… Corto en seco la búsqueda. No importa, es lo que me apetece en este momento.

Pienso en un lugar.

Aparece en mi mente la opción de rodear el pueblo por las carreteras que lo circunvalan.

La idea de castigar mi articulaciones mediante la repetición de movimientos calcados durante una hora no me agrada. Mi cuerpo me pide esfuerzo, no desgaste.

Por suerte este pensamiento permanece poco tiempo en la mente, la llegada de otro nuevo con mejor aspecto toma el relevo.

Tengo una pequeña montaña cerca.

No es la primera vez que hago uso de ella para realizar ejercicios, pero nunca la había usado para correr.

El área conocida es demasiado reducida como para estimar rutas y duraciones. Recuerdo que tengo poco más de una hora para estos menesteres.

La suerte, si es que existe tal cosa, de nuevo me sonríe. Gracias a la tecnología en apenas unos segundos puedo tener una imagen aérea de la montaña y observarla desde un punto de vista imposible a menos que tuviese alas.

Es una montaña alargada con distintas rutas y senderos ya marcados. Hay uno que me gusta. El punto más alto de la ruta asciende unos 200 metros por encima de mi. En total unos 5’50 Km de trayecto. Más que suficiente.

Elevación de 105m a 332m en la primera cima marcada en rosa.

Elevación de 105m a 332m en la primera cima marcada en rosa.

La ruta empieza bordeando con una ligera inclinación la ladera norte. Llega un punto donde la inclinación es más pronunciada y se accede a la cima. La bajada por la ladera sur presenta un camino más ancho propio de automóvil. Sigue la ruta bordeando la otra cara de la montaña sin demasiado desnivel. De nuevo vuelve a subir ligeramente hasta coronar la segunda cima, esta vez más baja que la anterior. El recorrido finaliza, esta vez sí, con una bajada bastante pronunciada.

Contento con la ruta voy a cambiarme de ropa y calzado.

Abro la mochila y encuentro unas humildes zapatillas, viejas y desgastadas de suela fina.

Me alegro por ello.

La suela que ya de por si es fina, aún lo es más con el uso. Esto me permitirá sentir el suelo en cada instante. Me obligará también a no impactar el talón contra el suelo en cada zancada produciendo un estrés crónico que se expandirá hasta la espalda. Me permitirá mejorar la propiocepción, reforzar tendones y evitar lesiones. Aunque existen mejores alternativas no voy a tirar por la borda el excelente trabajo que la evolución ha realizado con el pie humano corriendo con tacones de espuma.

Llego al principio de la ruta, después de un paseo de unos minutos cuesta arriba por la acera. Mis músculos ya han calentado.

Empiezo a trotar por el sendero.

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Llevo unos minutos y no hay una pisada idéntica a la anterior. Perfecto.

El terreno es lo suficientemente regular como para permitir una velocidad moderada. Sin embargo el camino no es recto completamente. Hay pequeñas variaciones tanto en altura como en desplazamiento lateral. Mies pies notan cada irregularidad y el cuerpo entero se adapta.

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Las nubes quieren tener más protagonismo.

Al cabo de unos minutos noto que existe una pendiente positiva durante todo el recorrido.

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Poco a poco la inclinación va aumentando.

Aunque la superficie no es excesivamente complicada me doy cuenta como mis brazos cobran vida propia. Intentan satisfactoriamente equilibrar el cuerpo mediante la compensación. Y no se trata del típico movimiento repetitivo y vertical cual ordeño de una vaca, sino que utilizan las 3 dimensiones como requiere la ocasión.

Ahora sí, me encuentro con un terreno más abrupto. Reduzco la velocidad y me centro aún más en el suelo. No estoy compitiendo con nadie, puedo permitirme esa necesaria reducción de velocidad.

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Ante mi se presenta de nuevo un camino más regular, pero en esta ocasión la pendiente es más pronunciada. Estoy cerca de la primera cima. Decido parar unos segundos.

Me fijo en el camino y en un cartel imaginario leo: “Aumenta la intensidad”. Los carteles suelen estar por algo, le hago caso.

Subo el tramo con fuerza. Siento que ahora la sangre fluye más rápido y los músculos se llenan de energía. La propia velocidad obliga al sentido de la vista a prestar más atención. Suerte que no es el único sentido que aporta información, el tacto que percibo en mis pies que me permiten mis viejas zapatillas hace bien su trabajo. El equilibrio se da la mano con la propiocepción y sigo subiendo con seguridad.

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Llego a la cima de la ruta.

Me tomo un breve descanso. El justo para tomar una panorámica digital y mental del lugar.

la foto (1)

Las nubes se suceden dejando que pase el sol en contadas ocasiones. Me hubiese gustado que más rayos UVB activaran la producción de vitamina D.

Después de tomar conciencia del momento me doy cuenta de un detalle que había pasado desapercibido.

No llevo los auriculares puestos.

Un flash me viene a la mente. Recuerdo cuando salía a correr con mis zapatillas de marca super-amortiguadas. Pendiente en cada momento del “pace” y la distancia recorrida. Pendiente de intentar conseguir algo a través de la monotonía. Pendiente de los pensamientos aleatorios que me transportaban a otro lugar, la mayoría de las veces a un lugar peor; algunos llaman a esto “despejar la mente”. Pendiente, sin querer, de cada golpe seco que recibía mi cuerpo en cada pisada por mucha amortiguación que llevase, pensando que era lo normal aunque sospechando que algo fallaba. Pendiente de la música que tenía que escuchar para no aburrirme, o en el mejor de los casos, motivarme.

Pendiente de todo menos de lo que estaba haciendo.

Vuelvo a la ruta.

La bajada, como ya había advertido, consiste en una sinuosa carretera de tierra que bajo con precaución controlando cada movimiento. Pienso que podría ser un buen escenario para realizarlo en sentido contrario en modo sprint.

 

la foto

 

Disfruto del silencio que percibo en ese lugar. Mi curiosidad humana hace que consulte la cantidad de decibelios en ese momento. La aplicación compara el ambiente con el interior de una casa en tranquilidad. Encuentro la descripción bastante acertada. Apenas un par de picos en la gráfica que corresponden a pulsaciones de botón.

la foto

De nuevo en llano, siento que esta vez la inclinación es casi inexistente. Puedo aligerar la marcha prestando atención a la pisada intentando evitar malas costumbres. Logro contactar con el suelo debajo de mi y no delante.

Distintos tipos de cactus me saludan. Es interesante la forma en que estos seres vivos han llegado a esta solución para proteger su preciado jugo.

Me encuentro con varios árboles, uno de ellos me invita a hacer algo más. Debido a la altura de la rama principal no me permite hacer unas cuantas dominadas. Opto por colgarme y hacer unos isométricos extendiendo piernas.

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Con los abdominales calientes sigo trotando.

El camino me obliga a ralentizar la marcha durante unos metros. Algún riachuelo ahora seco dejó su marca.

Continúo.

Pequeños saltos y cambios de ritmo son necesarios en la mayor parte de esta ladera. Los agradezco.

Noto que no me falta energía durante el suave trote, mi dependencia casi exclusiva por el carbohidrato se va reduciendo.

A modo de premonición me encuentro con un campo de naranjos justo antes de subir hacia la segunda cima.

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Advierto que la mayor parte de la fruta se encuentra en el suelo.

Mi instinto recolector llama a la puerta. Abro la puerta con gusto.

Selecciono una naranja del suelo que ha caído recientemente y la llevo de paseo.

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Corono la segunda cima. El paisaje me resulta familiar.

La bajada tiene demasiada pendiente y presenta demasiadas irregularidades en el terreno como para hacerla corriendo. Decido hacerla andando a buena marcha como colofón final.

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Doy buena cuenta de la naranja recolectada. Fresca, jugosa, sabrosa y llena de vida.

Llego al punto de partida.

Ha sido un buen día de cardio.

Hora de comer.

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27 Comentarios

  1. Qué envidia! Yo hacía eso con frecuencia hace unos meses (menos lo de la naranja, eso aquí no hay), también tengo la suerte de tener un montecillo así junto a mi casa. Hasta que me lesioné un pie y hace casi un año que no puedo correr. Fascitis, tendinitis,,, no saben muy bien qué es y ahí sigue… Confiemos en la ciencia y a ver si algún día puedo convertir en realidad este post.

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  2. AH! con que tu eres el que me roba las naranjas, eh? te cojí.
    jajajajajajajaja.
    Creo que después de leer esto, a parte de haberme entrado unas ganas tremendas de correr, creo que la proxima vez que corra me lo tomaré de otro modo.

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  3. De lo mejor que he leído en crónicas de carreras y entrenamientos, y he leído muchisimas! Enhorabuena, transmites perfectamente la frescura y naturalidad de una carrera por el monte.

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  4. wow muy bueno, sinceramente me encanto y me motivo a salir a correr un rato había olvidado que hay un lugar parecido cerca de mi casa saludos :)

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  5. He llegado aquí por casualidad, “investigando” qué va mal en mi alimentación y por qué para estar como estoy… Y este relato me ha motivado a escribir.
    Sólo dar la enhorabuena al autor porque casi es como si estuviera haciendo la ruta con él.
    Y ahora a empaparme de todo lo que informáis en la web.
    Saludos,

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